miércoles, 15 de junio de 2011

¿Quién es el mejor letrista de Chile?


El otro día me impuse el siguiente ejercicio: ¿quién es el mejor letrista de Chile? Debía ser alguien que además de escribir y componer, interpretara sus canciones. Lo hice de aburrida porque desde hace tiempo dejé de jugar Sudoku, en parte, pero también porque conversando con un músico me dijo que no le gustaba escuchar a Los Prisioneros, por su sonido. Eso sí, le encantaban las letras de Jorge González al punto de considerarlo el mejor escritor de canciones de nuestro país. Mi amigo no es alguien que se haya limitado a escuchar a la "nueva generación" cool de cantautores que suenan en la radio Uno. Me consta que sus conocimientos se remontan a bandas de los años 40s, por lo menos. Entonces... Chuta... Jorge González el mejor letrista. Su comentario fue algo que me dio para pensar. Llevo tres días en eso, reescuchando la voz de González.


Hacer una lista de buenos escritores de canciones no es difícil. Rápidamente aparecen figuras como Violeta Parra, Víctor Jara, Eduardo Gatti, Patricio Manns, Álvaro Enríquez (Los Tres, Pettinellis), Juan Sativo, Zaturno (ambos de Tiro de Gracia), Tea Time (de Los Tetas principalmente haciendo free style), Pedro Foncea (de De Kiruza), Jimmy Fernández (de La Posse Latina, creador de "Chica Eléctrica"), Carlos Cabezas (de Los Electrodomésticos), Anita Tijoux (ex Makiza), Chinoy (¡grande Chinoy!) por nombrar algunos. De seguro en el terreno folklórico debe haber muchos más, que yo desconozco gracias a mi vergonzante ignorancia.

Este juicio va a sonar un poco extremo, pero pienso que Violeta Parra no merece estar en una lista sino en la cumbre del Olympo. Su obra no es comparable porque ella fue una escritora además de músico. En su obra se da un encuentro entre "la tradición y la vanguardia" (eso leí una vez de ella y estoy plenamente de acuerdo) cualidad improbable no sólo en nuestro Chule sino también en el mundo. Es lo que hace que un libro se encuentre catalogado en las estanterías de literatura "Universal", aún cuando su contenido esté íntimamente ligado a la tradición oral de latinoamérica.


Cuando se habla de Violeta, la mayoría piensa en Gracias a la vida (nuestro presidente Sebastián Piñera la nombró como su canción favorita, lejos su mejor chiste). Concuerdo en que es una gran canción, pero no le hace justicia a su legado. Sería como recordar a Neruda por sus "20 Poemas de amor y una canción desesperada" o a Mistral por Piececitos de niño. Quienes hayan leído las "Décimas" sabrán a lo que me refiero. En esa autobiografía compuesta en ochenta y tres
décimas, se encuentra el corazón de la obra de Violeta Parra. Se trata de una poesía que reúne el código de la tradición oral chilena con la descripción de una vida afectada por la pobreza y el olvido. Su carga social y belleza estética lo convierten en una de las obras literarias más importantes que se han escrito en nuestro país. Más de alguno puede decir que este comentario se debe a la fiebre actual por remontar a este personaje del pasado. A los que piensan así, les recomiendo leer el libro y si no lo comprenden del todo, ayúdense de las varias críticas literarias que se han escrito sobre éste. Lo digo así porque yo fui una de las renuentes, la Tomás el apóstol, que me negaba a ver en la simpleza de Violeta un legado metafísico y que, gracias a mi profesor de estética Fidel Sepúlveda, pude apreciar.

Entonces Parra es para mí, por lejos, la mejor escritora de esta lista. Sin embargo, el ejercicio era dar con el mejor letrista y ahí es donde Jorge González se me aparece una y otra vez. Aún cuando intento que Víctor Jara gane la partida. Pero González tiene algo punzante que es difícil de esquivar. Sus letras son agudas, tienen ritmo, y sobre todo, verdad. Uno de mis versos favoritos es de Nunca quedas mal con nadie, y dice así: "Contradices toda tu protesta famosa con tus armonías rebuscadas y hermosas. Eres un un artista, y no un guerrillero, pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda". Jajajajajaja. Su mayor talento es "sacarle la foto" a ciertos personajes de su época que mantienen su esencia hasta el día de hoy. Es lo que hace en Por qué no se van, El baile de los que sobran y Él es mi ídolo. Estas pesadeces se entremezclan con recuerdos de su infancia relatados con imágenes que casi puedo oler. No falta su cuota de autoflagelación, sobre todo en relación al amor y sus estereotipos, como declara en Paramar: "Yo
no sirvo para amar". También destaca entre otros autores por lo prolífico, lo valiente (recuerdo su versión de Quieren dinero en la Teletón, notable) e irreverente.

Foto: Marco González.

Para algunos este cantante es absolutamente insoportable. Como para otros escuchar la voz de Chinoy es una tortura (no falta el que dice lo mismo de Bob Dylan), oír canciones de Los Prisioneros es una agresión a los sentidos. Odian el tecladito ochentero, esos sintetizadores precarios, la batería predecible de Miguel Tapia, la guitarra monótona de Claudio Narea y sobre todo, la voz nasal de Jorge González. Ridiculizado por Kramer por ser un inconformista, desagradable y bueno para la pesadez, no logran dar con el tono genuino de las letras que escribe. Muchas veces he escuchado decir que González es un resentido, y no en el sentido descriptivo, sino peyorativo que usan las clases altas para ningunear al pobre que exige igualdad. Y es obvio que lo agredan, porque la verdad duele. Y cuando ésta cala hondo, surge el insulto como un vómito incontenible.

Cuando se separaron Los Prisioneros y González sacó su disco "Jorge González" en 1993 con el single Mi casa en el árbol, sus detractores sacaron todas las armas para burlarse de su calidad autoral. Al fin quedaba al descubierto que González no era más que un invento de la dictadura, porque era una de las pocas bandas de rock que sonaba. Personalmente, no me gustó la canción antes mencionada y la letra tampoco me maravilló, pero de todos los discos lanzados en su carrera como solista este es el que menos destaca. Uno de mis favoritos es "Gonzalo Martínez y sus congas pensantes" hecho en colaboración con Martín Schöpf (AKA Dandy Jack). La mayoría de los temas son títulos existentes llevados a la música electrónica y acompañados por la voz de González. Sólo un tema fue escrito completamente por González y vale la pena escucharlo. Les dejo la transcripción* (porque poco se entiende en el link adjunto) y el link para que lo escuchen.

Por último, recomiendo su colaboración en el disco de "+1" de Sieg über Die Sonne (Martin Schopf y Tobias Freund) editado el 2004 en el cual González aporta con sus letras (claro que estas son ahora en inglés). Charlotte De Gaulle es una de mis favoritas.

*
CUMBIA TRISTE

Pudahuel se llamaba barranca
En esta ciudad que no vive más
Una calle llena de melancolía
Me enseñó el sonido que no olvidaré
Pasando los años, me siento tan lejos
Y una Cumbia triste habla de mi hogar.

Cumbia, cumbia triste
Aire de ciudad
Cumbia, cumbia triste
Dame el sonido de la mar.

Se escuchó una voz en la distancia
El resonar de un bajo, platillo y tambor
Esta calle llena de melancolía
Me enseñó el sonido que no olvidaré.

Que vengan los años, que poco me importa
Y una cumbia triste moja el corazón

Cumbia, cumbia triste
Aire de ciudad
Cumbia, cumbia triste
Dame el sonido de la mar.


miércoles, 8 de junio de 2011

Los vidrios quebrados: Rock chileno en inglés

Desde que fue a mi primera tocata metalera que el tema de grupos chilenos cantando en inglés me incomoda. Me parece que no se enfrentan al desafío que significa cantar en un idioma distinto al que le dio vida al estilo en cuestión. Es cierto, el rock fue creado en inglés, y así nos ha llegado a Chile desde la década de los 50s. Es natural que se quiera reproducir ese tipo de música con todos sus códigos, pero insisto, eso implica no enfrentar el desafío, ya que existe la posibilidad de no salir bien parado.

Reconozco que el idioma inglés tenga varios beneficios a la hora de hacer rock. De partida tiene palabras monosilábicas y bi-silábicas por montones, cosa que da mucha libertad para acentuar frases y darles musicalidad. En este sentido el español vendría a ser cacofónico (así lo describió un amigo cuando hablábamos de este mismo punto). Si en inglés puedo decir "Run away" en tres sílabas, cuya pronunciación es, además, más cerradas y suave; en español debo decir lo mismo en seis: "salir corriendo". Y la "rrr" es sonora, como un motor encendiéndose, y la "c" es golpeada (a no ser que se pronuncie como en el norte de argentina o en Bolivia). Y aún así, la frase "salir corriendo" no tiene sentido sin el sujeto mientras que "run away" se entiende como usada en el modo imperativo. Por ende, en español tendría que agregar otra palabra más como "Quiero...salir corriendo" o "Debes... salir corriendo".

Luis Alberto Spinetta a finales de los años '60. Uno de los pioneros del rock argentino en español.


Los argentinos solucionaron prematuramente este problema. Durante la década de los '50 y '60 proliferaron las bandas nacionales que hacían música en inglés. Lo mismo ocurrió en Chile y Uruguay (por nombrar a nuestros referentes cercanos). Pero a comienzos de los años 70s la idea de hacer música en inglés comenzó a considerarse anticuada y hubo unos pioneros de la movida under (como Spinetta y Sui Generis) que cambiaron la tendencia aunque a una escala muy pequeña. Esto se masificó durante los años '80 cuando, producto de la guerra de Las Malvinas, el estado argentino prohibió la emisión de música en inglés en las radios locales. Ya sea por fuerza o por declaración de principios, en Argentina surgieron importantes y numerosas bandas de rock en español (Virus, Soda Stereo, GIT, Charly García, La Renga, etc). Impusieron un estilo. El rock argentino.

No obstante mi oposición a la música chilena (latina en general) en inglés, hubo importantes grupos que inauguraron la escena rockera en Chile. Uno de mis favoritos es Los Vidrios Quebrados, que aunque fue una de las pocas bandas que se adjudicó un nombre en español (junto a Los Picapiedras) hicieron música en inglés. Suenan anglo, tanto así, que en 1966 She'll never know I'm blue fue anunciada por primera vez en radio con una pregunta para los auditores: diga si esta banda es norteamericana o inglesa. Eran Los Vidrios Quebrados y todos eran chilenos con excepción del guitarrista hijo de padre irlandés (John Matthew O'Brien, quien se cambió el nombre a Juan Mateo).


En el libro "Prueba de sonido" de David Ponce, la banda discute sobre su decisión de cantar en inglés. O'Brien dice que lo natural era cantar en inglés, por la influencia de los grupos británicos sobre ellos, pero lo interesante hubiera sido hacerlo en castellano. "El legado habría sido más potente", declara. Héctor Sepúlveda (guitarra y voz) lo rebate: "En Chile predominaba la cultura folclórica y eso nos hizo darnos cuenta de que buscábamos otra cosa... El español estaba muy asociado a la música comercial, a la Nueva Ola, y lo que nos gustaba venía de Inglaterra... No teníamos un punto de referencia acá, ni en los grupos ni en la televisión".

Estoy de acuerdo tanto con O'Brien como con Sepúlveda. El legado habría sido más grande, pero rescato que para Sepúlveda cantar en inglés fuera una declaración de principios. Su primer y único LP "Ficciones" (1967) está poblado de canciones que se ubican al margen del sistema. Oscar Wilde habla en contra de la discriminación a los homosexuales. Like Jesus wore his own (Como Jesuscristo usó el suyo) y We can hear the steps (Se oyen los pasos) son canciones que apelan a una sensación de descontento generacional. Incitan la rebeldía. Llaman a cambiar los patrones atrofiados de una sociedad que parece no ver los problemas que padece. Tal como lo plantea Ponce en su libro, estas canciones me recuerdan a lo que Los Prisioneros harían 17 años más tarde con La voz de los '80 encabezando la lista de himnos.

Musicalmente, esta banda es catalogada como Rock psicodélico de los '60. Sus integrantes fueron Héctor Sepúlveda (guitarra y voz), Juan Mateo O'Brien (guitarra), Cristián Larraín (bajo) y Juan Enrique Garcés (batería). El año '68 se les unirían Eduardo Gatti y Fernando García (ambos guitarristas). Su sonido es limpio y armónicamente más complejo que el de las bandas coetáneas y coterráneas. Sus composiciones destacan más por su calidad que por su originalidad. La reminiscencia de su sonido al de las bandas inglesas que lideraron la evolución de rock son evidentes. Me llama la atención eso sí, que hubieran hecho esto tan prematuramente. En esa época conseguir buenos instrumentos en Chile no era fácil, menos tener clases de música popular. Y para qué hablar de grabar. Había un estudio y todo se hacía en una toma.

Foto: carátula del disco "Fictions" editado en 1967.

Lo que me gusta de ellos, es que más que imitar directamente, hacen guiños a sus ídolos. Varias canciones comienzan con una cita. Por ejemplo,en Both sides of love (Las dos caras del amor), el tema de igual nombre que el disco, comienzan a sonar los primeros acordes y da la impresión de que va a comenzar You've got to hide your love away, de The Beatles. Luego la canción toma un camino absolutamente distinto y debido al nombre del tema y al otro dedicado a Oscar Wilde, no puedo sino pensar que lo están haciendo apropósito. El disco ha sido pensado así (el disco ha sido pensado), para rendir tributo, no solo a sus héroes musicales, sino además a los que están llamando a cambiar el modo en que se piensa el mundo.

A pedido de mis lectores, dejaré aquí unos links para que los escuchen.






sábado, 4 de junio de 2011

Opera para las masas

Hace dos décadas atrás los "Tres tenores", Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y José Carrera, llevaron la opera a un público que entre sus CDs pirata posiblemente se encontraba uno de Chayanne (sin mirar en menos al puertorriqueño que tiene lo suyo). Juntos cantaron arias de operas que muchos no habían visto en vivo, pero cuyas melodías podían ser tarareadas en la cocina picando cebolla. Luego (18 años después para ser exactos) una nueva generación de tenores repitió el ejercicio, tan rentable para las disqueras y los involucrados. Se trataba de Jonas Kaufmann, Juan Diego Flores y Rolando Villazón.

Hoy, la noticia son los nuevos "Tres tenores" (así fueron nombrados en El Mercurio), Kaufmann (otra vez), Anna Netrebko y Erwin Schrott. El título es meramente periodístico ya que sólo uno de ellos es tenor (Kaufmann), ella es soprano y Schrott, bajo-barítono. Además, el título "Los tres tenores" es el nombre de un disco que grabaron los pioneros y por ende los derechos de autor serían propiedad del sello que lo grabó. Los nuevos, no han anunciado grabación de un disco ni se presentan a sí mismos con este nombre. Sólo se presentarán en vivo, los tres juntos, en una serie de conciertos en Europa y las entradas, tan caras como las de McCartney, ya se vendieron.

Si El Mercurio inventa estos títulos tan llamativos para cantantes internacionales (excepcionales en realidad, si pueden ver en Youtube.com si quiera a los tres cantando por separado ¡háganlo ahora, ya!... pero vuelvan a leer esto, por favor.), entonces, porqué no hace lo mismo con los cantantes chilenos. Sin chovinismo involucrado, es un hecho que en Chile tenemos grandes cantantes líricos. El miércoles recién pasado tuve la oportunidad de ir a ver el concierto "Grandes Coros" en el Teatro Municipal de Santiago. Se presentó "Las bodas" de Igor Stravinsky y "Carmina Burana" de Carl Orff (la señorita Carmina Burana como la llamó una iluminada periodista chilena).

En la requete ultra conocida Carmina Burana, muy tarareable gracias al comercial de Tritón, los tres solistas invitados me sorprendieron hasta las lágrimas (casi). Porque la obra es así, grandilocuente, está hecha para que se te paren los pelos, y habla de cosas triviales y profundas, como es el destino vil y cruel que los humanos soportamos a punta de copete y "cachas" locas. El coro del Municipal hace lo suyo. Escuchar en armonía esa muchedumbre de voces convertirse en una sola, como si fueran las palabras de un ente suprahumano el que habla, conmueve. Cuando se es presa de obras efectistas como la antes citada (sin desmerecerla, es una mera descripción) un solista mediocre tirado para emergente puede romper el encantamiento de inmediato. Este no fue el caso. Los cantantes no sólo cumplieron, sino que brillaron en su papel.

Estoy hablando de la soprano Patricia Cifuentes (quien ganara el Altazor por su interpretación de Gilda en Rigoletto el 2010), el bajo-barítono Patricio Sabaté (no ganó el Altazor en 2011 pero viene sumando premios desde el 2004... en realidad los premios me parecen nefastos para medir la categoría de cualquier artista) y el tenor Patricio Saxton. Cualquiera de ellos podría estar jugando en las "grandes ligas" si se lo propusiera, pero están aquí por el momento y perdérselos es un descriterio. Un amigo, y gran tenor, me contó que Sabaté habría sido tentado para desarrollar su carrera fuera de Chile, pero que las obligaciones familiares se lo habrían impedido. Es una pena que no lo haya hecho porque cantaría con las mejores orquestas y directores, se enfrentaría a un público y críticos más exigentes y llegaría a ser un aún mejor cantante de lo que es hoy.

Es difícil que los cantantes líricos chilenos logren la masividad de "Los Tres tenores" que la rompieron en los 90s. Para eso se necesitaría que hicieran una selección de arias del tipo Nessum dorma de Turandot, las que posiblemente serían sometidas a arreglos aptos para el populais, y luego, se entregaran al proceso de promoción perdiendo valioso tiempo de ensayo en sesiones fotográficas y entrevistas banales por no decir huevonas. Y todo eso, aunque mejore "el consumo de cultura", finalmente destruye la obra. Para ver el trabajo excepcional de estos artistas, el público debe hacer, por lo menos, el esfuerzo de escuchar la obra completa aunque no la entienda del todo y cabecee entremedio. Sino sería como ver el salto de un trapecista sin presenciar antes su ascenso por esas escaleras interminables, o como abrir un libro de Jane Austin sólo para leer la escena del beso. Es ridículo.

Para los que no tienen tiempo y quieren sólo pirotecnia existe Youtube. Pero, ¿en serio prefieres verlos en el computador? Acaban de inaugurar el GAM donde se está mostrando la temporada de música de cámara de la PUC, el Municipal de Santiago está remozado post terremoto y este año su cartelera de conciertos es de lujo, además está el teatro de la Universidad de Chile que, aunque menos sofisticado, queda ahí, al ladito del metro. Te puedes pasar después de la marcha en contra de Hidroaysén y aprovechar de eludir las lacrimógenas. Asientos hay de sobra, las entradas son baratas y el repertorio está pensado para un público masivo.


miércoles, 1 de junio de 2011

Tres colecciones de electrocústica: desempolvando la música de laboratorio


Los músicos formados en conservatorios y posiblemente los melómanos obsesivos saben del desarrollo temprano de la música electroacústica en Chile. Apenas unos años después de que comenzaran los primeros experimentos en Francia a fines de los años 40s, algunos ávidos compositores chilenos inauguraron laboratorios en nuestro país.

Como se explica en el sitio www.electroacusticaenchile.cl, la década de los 50s fue de las más fecundas en la historia de la música chilena. En esos textos que leen los intelectuales y estudiantes de música "docta" se enumeran más de una veintena de compositores nacionales destacados. Si usted que lee, puede nombrar a más de cinco (no necesariamente habiendo escuchado algunas de sus obras) puede incluirse dentro de una actual sofisticada minoría.

José Vicente Asuar trabajando en el laboratorio construido para la composición de Variaciones Espectrales.
(Foto de Revista Musical Chilena 10/35)


Un grupo amplio de estos compositores, motivados por las nuevas herramientas que entregaba la electrónica, quiso experimentar con los nuevos sonidos. Los sintetizados. Esos que separaban la ejecución de la emisión del instrumento. Así fue como a en 1955 Chile tuvo una vanguardia de creadores de "música electrónica" (este título no es el más correcto. Si quiere profundizar en esto visite la página antes mencionada) sin precedentes en latinoamérica.

Entre los pioneros se encuentran José Vicente Asuar (además ingeniero civil), Leni Alexander (mujer... perdón por la aclaración, no lo pude evitar), Juan Amenábar (también ingeniero civil y fundador del Taller experimental del sonido de la Universidad Católica de Santiago) y Gustavo Becerra Schmidt, por nombrar a algunos.



Quien se adjudicara el título de haber creado la primera obra electroacústica chilena fue León Schidlowsky, un compositor que no se encontraba dentro de los "pioneros" y cuya obra posterior no es representativa del estilo. Aún así, fue el primero y su obra es "Nacimiento" (1956). Un año más tarde Amenábar crea Los Peces una obra que se considera fundacional. Y en 1959 Asuar, presenta Variaciones Espectrales generando impacto en el público e inclusive en la prensa no especializada.

Foto: Gustavo Becerra Schmidt (1925-2010)

La lista de creadores y obras de música electroacústica se extiende hasta hoy, pero con muy poca publicidad y difusión de sus obras. Un notable esfuerzo de recopilación ha hecho Federico Schumacher Ratti en su investigación "La música electroacústica en Chile: 50 años" cuyo contenido se encuentra disponible en la página web antes mencionada (hasta se puede bajar el archivo en .pdf gratuitamente).


Además, hoy en El Mercurio (con sus mezquinos esfuerzos por la difusión del arte "de laboratorio") publica que el Sello Pueblo Nuevo ha editado dos colecciones de triple volumen con las obras de Juan Vicente Asuar y Gustavo Becerra (uno de los compositores chilenos más reconocidos en el exterior... no sé si dentro de Chile). El tercer volumen "Panorama electroacústico" compila la obra de otros destacados creadores chilenos.

Adjunto la noticia para que vean que es cierto.




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lunes, 30 de mayo de 2011

¿Quién dice que en Chile no hay música buena?

Hace un par de meses comenzó a discutirse en los pasillos de La Moneda, en la prensa y algunas casas de melómanos una idea de ley donde se obligaría a las radios nacionales a transmitir un 30 por ciento de música chilena. En general, el proyecto fue considerado poco realista, sino estúpido, y la discusión se desvaneció como la polémica de la Baby Vamp de Lucio Vega.

Las críticas más duras apuntaban al hecho de que sería muy difícil establecer parámetros para determinar qué era la música chilena. ¿Se tomaría acaso a los compositores?, por lo que podríamos contabilizar a Pedro Aznar interpretando canciones de Violeta Parra. Se consideraría entonces a los interpretes, cuestión que parecía absurda cuando pensamos en la gran cantidad de bandas "tributo" que existe en nuestro país. Una estación radial podría subsumir a Beatlemanía en su porcentaje de música criolla. Los casos espúrios atentaban contra el sentido original de la ley, que era generar un incentivo para que los creadores chilenos pudieran difundir cultura "made in Chile" y de paso ayudar a fortalecer la alicaída industria disquera o eme-pe-tresera.

Otros criticaron el atentado a la libertad de expresión. Para los liberales una medida así era equivalente a obligar a los transeúntes a llevar una prenda Mapuche en su vestimenta (cosa no muy distinta a lo que ocurre el 18 de septiembre con las banderitas en las casas) o pedirles a los panaderos que impriman caras felices en la marraqueta para combatir la depresión. Estos ejemplos irrisorios sólo sirven para desprestigiar una discusión y sacarla de cartelera. Lo que genuinamente preocupa a los liberales es que el Estado decida proteger una industria determinada. Si protegemos la música, ¿por qué no a los salmoneros que también hacen patria llevando el nombre de Chile a los supermercados gringos? A los que pensamos que la música no sólo es industria sino también una expresión del espíritu, que no se rige por las leyes del mercado, y que por lo tanto hay que promover.

Por eso, la crítica que más me dolió fue la que apuntaba a los creadores chilenos. Leí columnas donde se aseguraba que Chile no tenía músicos suficientes para cubrir dicho porcentaje y, que de haberlos, eran de dudosa calidad. No sé matemáticamente cuántas bandas y discos se necesitan para cumplir con el estándar del 30 por ciento sin tener que estarnos repitiendo el plato (como en algunos bares donde parece que no tienen más de dos CD), de lo que sí estoy segura es que música chilena hay, es buena, y no es conocida por la mayoría.

En el instituto de música donde estudio, tengo el agrado de tener acceso a las creaciones de músicos que nunca había escuchado ni de nombre. Muchos son jazzeros, otros hacen fusión, música latinoamericana, hip-hop y metal pesado, por nombrar algunos estilos. Muy pocos hacen pop, y en eso estoy de acuerdo con los críticos al proyecto de ley: en Chile, el pop es basura reciclada de México y gringolandia. Algunos pocos hay con futuro, porque la mayoría de ellos son jóvenes y no han llegado a la cumbre de su capacidad creativa. Javiera Mena, por ejemplo, partió con su tecladito Casio que causaba furor en una minoría que era considerada snob. Diez años después, su segundo trabajo "Mena" es elegido como disco revelación 2010 en iTunes. Hoy tarareo "Hasta la Verdad" con la misma frecuencia que "Bulletproof" de The Roux.

Mi experiencia me dice que los detractores de la ley o son ignorantes (con mucha razón, porque no hay cómo tener acceso a esos discos a no ser que se vaya directamente a la tienda de la SCD) o demasiado exigentes con la música. Entre el 30 por ciento de música chilena no todos van a ser Radiohead, ni Malher. De hecho, los músicos excepcionales de la historia, suman menos del tercio de la música total del mundo.

La cantidad de argumentos que tengo para demostrar que en Chile sí hay música, darían para llenar un libro y aburrirlos a todos. Por eso quiero plasmar aquí el argumento más fuerte de todos, que es dar a conocer a estos músicos brillantes y tratar de explicar porqué son buenos y porqué debieran ser difundidos.

La tarea no será fácil porque empezaré por los antiguos. Por los que inventaron cuando no había personal stereo ni reproductores mini. Invito a los que se sientan convocados a leer y proponer y criticar.