Las críticas más duras apuntaban al hecho de que sería muy difícil establecer parámetros para determinar qué era la música chilena. ¿Se tomaría acaso a los compositores?, por lo que podríamos contabilizar a Pedro Aznar interpretando canciones de Violeta Parra. Se consideraría entonces a los interpretes, cuestión que parecía absurda cuando pensamos en la gran cantidad de bandas "tributo" que existe en nuestro país. Una estación radial podría subsumir a Beatlemanía en su porcentaje de música criolla. Los casos espúrios atentaban contra el sentido original de la ley, que era generar un incentivo para que los creadores chilenos pudieran difundir cultura "made in Chile" y de paso ayudar a fortalecer la alicaída industria disquera o eme-pe-tresera.
Otros criticaron el atentado a la libertad de expresión. Para los liberales una medida así era equivalente a obligar a los transeúntes a llevar una prenda Mapuche en su vestimenta (cosa no muy distinta a lo que ocurre el 18 de septiembre con las banderitas en las casas) o pedirles a los panaderos que impriman caras felices en la marraqueta para combatir la depresión. Estos ejemplos irrisorios sólo sirven para desprestigiar una discusión y sacarla de cartelera. Lo que genuinamente preocupa a los liberales es que el Estado decida proteger una industria determinada. Si protegemos la música, ¿por qué no a los salmoneros que también hacen patria llevando el nombre de Chile a los supermercados gringos? A los que pensamos que la música no sólo es industria sino también una expresión del espíritu, que no se rige por las leyes del mercado, y que por lo tanto hay que promover.
Por eso, la crítica que más me dolió fue la que apuntaba a los creadores chilenos. Leí columnas donde se aseguraba que Chile no tenía músicos suficientes para cubrir dicho porcentaje y, que de haberlos, eran de dudosa calidad. No sé matemáticamente cuántas bandas y discos se necesitan para cumplir con el estándar del 30 por ciento sin tener que estarnos repitiendo el plato (como en algunos bares donde parece que no tienen más de dos CD), de lo que sí estoy segura es que música chilena hay, es buena, y no es conocida por la mayoría.
En el instituto de música donde estudio, tengo el agrado de tener acceso a las creaciones de músicos que nunca había escuchado ni de nombre. Muchos son jazzeros, otros hacen fusión, música latinoamericana, hip-hop y metal pesado, por nombrar algunos estilos. Muy pocos hacen pop, y en eso estoy de acuerdo con los críticos al proyecto de ley: en Chile, el pop es basura reciclada de México y gringolandia. Algunos pocos hay con futuro, porque la mayoría de ellos son jóvenes y no han llegado a la cumbre de su capacidad creativa. Javiera Mena, por ejemplo, partió con su tecladito Casio que causaba furor en una minoría que era considerada snob. Diez años después, su segundo trabajo "Mena" es elegido como disco revelación 2010 en iTunes. Hoy tarareo "Hasta la Verdad" con la misma frecuencia que "Bulletproof" de The Roux.
Mi experiencia me dice que los detractores de la ley o son ignorantes (con mucha razón, porque no hay cómo tener acceso a esos discos a no ser que se vaya directamente a la tienda de la SCD) o demasiado exigentes con la música. Entre el 30 por ciento de música chilena no todos van a ser Radiohead, ni Malher. De hecho, los músicos excepcionales de la historia, suman menos del tercio de la música total del mundo.
La cantidad de argumentos que tengo para demostrar que en Chile sí hay música, darían para llenar un libro y aburrirlos a todos. Por eso quiero plasmar aquí el argumento más fuerte de todos, que es dar a conocer a estos músicos brillantes y tratar de explicar porqué son buenos y porqué debieran ser difundidos.
La tarea no será fácil porque empezaré por los antiguos. Por los que inventaron cuando no había personal stereo ni reproductores mini. Invito a los que se sientan convocados a leer y proponer y criticar.